Web Arte
El portal de la fotografía
Punto de encuentro de fotógrafos
Kathrin Peters
 
 
Directorio de grandes fotógrafos de los siglos XIX y XX
Cameron Julia Margaret - India, 1815 - 1879
Página 1 » Página 2
   
Cameron Julia Margaret Julia Margaret Cameron, la tercera hija de James Pattle del Servicio Civil Bengalí, nació el 11 de junio de 1815. Su padre era un caballero de señalada pero dudosa reputación, quien después de vivir una vida revoltosa y de ganarse el título de “el más grande mentiroso de la India”, bebió finalmente hasta morir y fue consignado en un barril de ron para esperar su embarco a Inglaterra. El barril fue puesto junto a la puerta del cuarto de la viuda.

A medianoche oyó una explosión violenta, salió corriendo y encontró a su marido, quien había hecho saltar la tapa de su ataúd, erguido, amenazándola de muerte como lo había hecho en vida. “El shock la hizo desvariar, pobrecita, y murió loca. Es el padre de la señorita Ethel Smyth el que cuenta la historia (en Impressions that Remained), y continúa diciendo que, después de que “Jim Llamarada” fue clavado de nuevo y embarcado, los marineros se bebieron el licor en el que el cuerpo había sido preservado, “y por Júpiter, el ron se derramó, ardió en llamas e incendió el barco.

Y mientras trataban de apagar el fuego, el barco se precipitó hacia una roca, explotó y fue arrastrado hacia la playa justo debajo de Hooghly. ¿Y qué creen que dijeron los marineros? ‘Que ese Pattle era tan bribón que el diablo no quiso que abandonara la India!’”

Su hija heredó esa vena de vitalidad indomable. Si su padre era famoso por sus mentiras, la señora Cameron tenía el don de una lengua ardiente y una conducta pintoresca que han quedado impresas en las reposadas páginas de la biografía victoriana. Pero fue de su madre, se presume, que heredó el amor por la belleza y el desprecio por las frías y formales convenciones de la sociedad inglesa. Pues la sensible dama a la que la visión del cuerpo de su marido había matado, era francesa de nacimiento.

Era la hija de Chevalier Antoine de I’Étang, uno de los pajes de María Antonieta, que había estado en prisión con la reina hasta su muerte y que fue salvado de la guillotina sólo a causa de su propia juventud. Fue enviado al exilio a la India con su mujer, quien había sido una de las damas de la reina, y es en Ghazipur, con una miniatura que le dio María Antonieta colgando sobre su pecho, que yace enterrado.

Pero los de I’Étang trajeron de Francia un regalo de mayor valor que la miniatura de la desdichada reina. La vieja Madame de I’Étang era extremadamente bella. Su hija, la señora Pattle, era encantadora. Seis de la siete hijas de la señora Pattle eran aún más encantadoras que ella. “Lady Eastnor es una de las más bellas mujeres que jamás se haya visto en el país”, escribió Henry Greville de la más joven, Virginia.

Ella padeció el destino común de la temprana belleza victoriana: fue acosada en las calles, celebrada en odas e incluso fue el tema de un artículo en Punch debido a Thackeray, “A propósito de una bella dama”. No importaba que las hermanas hubieran sido criadas por su abuela francesa más de acuerdo con la tradición familiar que en el amor por los libros, “Ellas eran artísticas hasta la yema de los dedos, con aprecio -casi podría llamarse culto- por la belleza”.

En la India sus conquistas fueron muchas y, cuando se casaron y se establecieron en Inglaterra, tuvieron la habilidad de crear en torno suyo, y afuera en Freshwater o en Little Holland House, una sociedad propia (“Pattledom”, fue bautizada por Sir Henry Taylor), donde podían arreglar y tapizar, echar abajo y construir, y seguir viviendo de una manera arbitraria y aventurera que los pintores y escritores, y aún los serios hombres de negocios encontraban muy de su agrado. “Little Holland House, donde vivía el señor Watts, era para mí un paraíso”, escribió Ellen Terry: “allí sólo se permitía la entrada a las cosas hermosas. Todas las mujeres eran agraciadas, y todos los hombres talentosos”.

Allí, en las muchas habitaciones de la vieja casa de Dower, la señora Prinsep alojaba a Watts y a Burne Jones y recibía a numerosos amigos, entre árboles y prados que parecían estar en medio del campo, aunque el tránsito de Hyde Park Corner estaba sólo a dos millas de distancia. Cualquiera fuese la cosa que emprendía, fuera en pro de la religión o de la amistad, era hecha de manera entusiasta.

¿La habitación era demasiado oscura para un amigo? La señora Cameron mandaba inmediatamente abrir una ventana para que entrara el sol. ¿Estaba el sobrepelliz del Reverendo C. Beanlands apenas pasablemente limpio? La señora Prinsep organizaba una lavandería en su propia casa y lavaba toda la ropa del clérigo de St. Michael a su propia costa. Luego, cuando sus allegados intervenían y le imploraban que controlara sus extravagancias, ella hacía un gesto afirmativo con la cabeza con sus blancos y coquetos rizos en señal de obediencia daba un suspiro de alivio ni bien los consejeros la abandonaban y volaba al escritorio para despachar a sus hermanas telegrama tras telegrama describiendo la visita.

“Ciertamente, nadie podía refrenar a los Pattle sino ellos mismos”, doce Lady Troubridge. Cierta vez, sin embargo, se supo que el gentil señor Watts montó en cólera. Encontró a dos pequeñas, las nietas de la señora Prinsep, gritándose una a la otra con los oídos tapados de manera que no podían oír otras voces, salvo las propias. Entonces les dio una charla sobre la obstinación, un vicio que, dijo, habían heredado de su antepasada francesa, Madame de I’Étang. “Crecerán siendo mujeres autoritarias”, les dijo, “si no se cuidan”. ¿Acaso no cargan con un antepasado que hizo saltar la tapa de su ataúd?

Ciertamente Julia Margaret Cameron se había convertido en una mujer imperiosa; pero carecía de la belleza de sus hermanas. En el trío en el que, se decía, Lady Somers era la Belleza y la señora Prinsep el Brío, la señora Cameron era indudablemente el Talento.
“Ella parecía reunir en sí misma todas las cualidades de una familia notable” escribía la señora Watts, “presentándolas en una forma doblemente destilada. Doblada la generosidad de la más generosa de las hermanas y la impulsividad de la más impulsiva. Si ellas eran entusiastas, ella lo era el doble; si eran persuasivas, ella era invencible.

Tenía ojos extraordinariamente bellos, que centellaban como sus frases, y que se volvían más suaves y tiernos si estaba conmovida…” Pero para una niña, ella era una aparición aterradora: “baja y llenita, sin nada de la gracia ni de la belleza de los Pattle, aunque con un porcentaje mayor de obstinación y de energía apasionada.

Vestida con ropas oscuras, manchada con los químicos de su fotografía (y oliendo también a ellos), con un rostro ávido y redondo y una voz fuerte, un poco dura, y sin embargo, de alguna manera, apremiante e incluso encantadora”, salía precipitadamente del estudio en dimbola, ajustaba pesadas alas de cisnes a los hombros de los niños y les ordenaba permanecer quietos y actuar la parte de los Ángeles de la Navidad apoyados en los baluartes del Firmamento.

Pero la fotografía y las alas de cisne todavía no se vislumbraban. Durante muchos años su energía y sus poderes creativos fueron dirigidos a la vida familiar y a los deberes sociales. En 1838 se casó con un hombre muy distinguido, Charles Hay Cameron, “jurista benthamita y filósofo de gran erudición y capacidad”, que desempeñó el cargo, previamente ocupado por Lord Macaulay, de cuarto Miembro del Consejo en Calcuta.

En ausencia de la esposa del Gobernador General, la señora Cameron estaba a la cabeza de la sociedad europea de la India, y era esto, en opinión de Sir Henry Taylor, lo que avivaba su desprecio por las maneras mundanas cuando regresaron a Inglaterra. En todo caso, tenía poco respeto por las convenciones de Putney. Llamaba a su mayordomo perentoriamente “Señor”. Vestía batas de un terciopelo rojo subido, caminaba con sus amigos revolviendo una taza de té al andar, camino a la estación de trenes, en tiempos de un calor estival.

No había excentricidad que no se permitiera en nombre de ellos, ni sacrificio que no hiciera para procurarse algunos minutos más de su compañía. Sir Henry y Lady Taylor padecieron la furia extrema de su afecto. Chales hindúes, brazaletes de turquesa carpetas incrustadas, elefantes de marfil, “etc.”, llovían sobre sus cabezas. Les prodigaba cartas de seis hojas de largo “todo sobre nosotros”.

Desairada por un momento, “le dijo a Alice (Lady Taylor) que antes de que acabara el año la querría como a una hermana”, y antes de que acabara el año Lady Taylor difícilmente podía imaginar lo que sería la vida sin la señora Cameron. Los Taylor la amaban; Aubrey de Vere la amaba; Lady Monteagle la amaba; e “incluso Lord Monteagle, a quien no le gusta ninguna otra excentricidad, siente aprecio por ella”.

Era imposible, pensaba, no amar a esa mujer “genial, ardiente y generosa”, que tenía “una capacidad de amar en un grado nunca superado por nadie y una misma determinación de ser amada”. Si era imposible rechazar su afecto, era aún más peligroso rechazar sus chales. Amenazaba con quemarlos o, si el obsequio era regresado, lo vendía y compraba con las ganancias un costoso sofá para inválidos que regalaba al Hospital de Incurables Putney con una inscripción que decía, para gran sorpresa de Lady Taylor, cuando se topaba casualmente con él, que se trataba de un obsequio de la propia Lady Taylor. Era mejor, en definitiva, doblegarse y conformarse con el chal.

Mientras tanto, ella buscaba una expresión más permanente de sus abundantes energías en la literatura. Traducía del alemán, escribía poesía y avanzó lo suficiente en una novela como para poner a Sir Henry Taylor bastante nervioso: no fuera que lo instara a leerla toda. Volumen tras volumen fue despachado por correo. Escribía cartas hasta que el cartero se iba, y luego comenzaba las posdatas.

Mandaba al jardinero en busca del cartero, al hijo del jardinero tras el jardinero, haciendo que el burro galopara todo el camino a Yarmouth en pos del hijo del jardinero. Sentada en la Estación Wandsworth escribía página tras página a Alfred Tennyson hasta que, “cuando ya estaba cerrando tu carta me llegó el silbido del tren y luego el vociferar de los maleteros con la amenaza de que el tren no me esperaría”, por lo que tuvo que deslizar el documento en manos extrañas y correr escaleras abajo. Todos los días le escribía a Henry Taylor, y todos los días él le respondía.

Muy poco queda de esta enorme locuacidad cotidiana. La era victoriana mató el arte de escribir cartas por gentileza: era simplemente demasiado fácil recibir el correo. Una dama sentada en su escritorio hace cien años tenía ante sí no sólo ciertos ideales de lógica y reserva, sino también sabía que una carta que costaba tanto dinero enviar y que entusiasmaba tanto recibir era digna de tiempo y de esfuerzo.

Con Ruskin y Carlyle en el poder, un correo barato, un jardinero, el hijo del jardinero y un burro al galope para atrapar el desbordamiento de inspiración, la reserva era innecesaria y la emoción daba, quizá más crédito a la dama que el sentido común. Así, sumergirnos en las cartas privadas de la era victoriana es estar inmersos en las alegrías y en las penas de familias enormes, es compartir sus tos ferinas, resfríos y desventuras, día a día, en verdad hora tras hora.
Página 1 » Página 2
 
Galería de fotos de Cameron Julia Margaret
Fotos de Cameron Julia Margaret
The Mountain Nymph Sweet Liberty, 1866
Fotos de Cameron Julia Margaret
The echo, 1868
Fotos de Cameron Julia Margaret
Kiss of Peace
Fotos de Cameron Julia Margaret
Charles Darwin, 1869
Fotos de Cameron Julia Margaret
Charles H. Cameron as King Lear, 1872
Fotos de Cameron Julia Margaret
Portrait of May Prinsep holding mirror and flower
Fotos de Cameron Julia Margaret
George F. Watts before his painting, 1865
Fotos de Cameron Julia Margaret
J.F.W. Herschel, 1867