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Cameron
Julia Margaret - India, 1815 - 1879 |
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El grado de afecto familiar era muy
alto. La enfermedad provocaba una lluvia
de preguntas y ternezas. Se observaba
el tiempo ansiosamente para ver si Richard
se mojaría en Cheltenham o si
Jane agarraría un catarro en
Broadstairs. Las fechorías por
parte de las institutrices, los cocineros
y los doctores (“incurrió
en un descuido culpable, en profunda
ignorancia”, la señora
Cameron diría del médico
familiar) eran detallados profusamente
y el más mínimo alejamiento
de la moral familiar era puesto de relieve
escrupulosamente y comunicado con locuacidad.
Las cartas de la señora Cameron
se formaron según este modelo;
ella aconsejaba, exhortaba e inquiría
por la salud de la querida Emily con
soltura, pero sus corresponsales eran
con frecuencia hombres de genio exaltado
a quienes ella podía expresar
el lado más romántico
de su naturaleza. Con Tennyson discurría
sobre la belleza de la señora
Hambro, “traviesa y agraciada
como una gatita y con la forma y la
mirada de un antílope…
Su complexión (o más bien
su piel) es perfecta, como la hoja de
“esa flor consumada”, la
magnolia -una flor, pienso, tan
misteriosa en su belleza como si fuera
la única cosa inmaculada e incorrupta
que quedara del jardín del Edén
… Nosotros teníamos un
árbol de magnolia común
en nuestro jardín de Sheen, y
en las calladas noches de verano la
luna iluminaba aquellos ricos floreros
maduros, y despedían un aroma
que hacía que el alma desfalleciera
en esa sensación del lujo del
mundo de las flores”.
A partir de frases como éstas,
es fácil intuir por qué
Sir Henry Taylor veía la perspectiva
de leer su novela con terror. “Su
genio (del que está bien dotada)
es demasiado profuso y redundante, no
distingue entre lo afortunado y lo desafortunado”,
escribió. “Vive de superlativos
como si fuera su pan de cada día”.
Pero el apogeo de la carrera de la señora
Cameron estaba a un paso. En 1860, los
Cameron compraron dos o tres casitas
cubiertas de rosas en Freshwater, las
administraron juntos y les anexaron
algunas cabañas para dar cabida
al desbordamiento de su hospitalidad.
Porque en Dimbola -tomaron el
nombre de la propiedad del señor
Cameron en Ceilán- todo
el mundo era bienvenido. “Las
convenciones no tenían lugar
allí”.
La señora Cameron era capaz de
invitar a almorzar a una familia que
había conocido en el vapor sin
preguntarles su nombre, o invitar a
pasar a un turista sin sombrero a quien
había conocido en el acantilado
para que escogiera un sombrero él
mismo, o adoptar a una mendiga irlandesa
y enviar a su hija a la escuela junto
con sus propios hijos. “¿Qué
será de ella?”, se preguntaba
Henry Taylor, pero se consolaba a sí
mismo con la reflexión de que
aunque Julia Cameron y sus hermanas
“tienen más de esperanza
que de sensatez”, “la humanidad
es en ellas más fuerte que el
sentimentalismo”, y que generalmente
llevaban buen fin sus excéntricas
empresas.
De hecho la hija de la pordiosera se
convirtió en una hermosa mujer,
pasó a ser la doncella de la
señora, posó para un retrato,
el hijo de un hombre rico la pidió
en matrimonio, ocupó esta posición
con dignidad y eficacia, y en 1878 gozaba
de un ingreso de dos mil cuatrocientas
libras al año. Poco a poco la
villa tomó forma y color bajo
las manos de la señora Cameron.
Se construyó un pequeño
teatro donde los jóvenes actuaban.
Cuando las noches eran agradables iban
a lo de los Tennyson y bailaban. Si
había tormenta (y la señora
Cameron prefería la tempestad
a la calma) caminaba por la playa y
mandaba a buscar a Tennyson para que
caminara a su lado. El colorido de las
ropas que usaba, el brillo y la hospitalidad
de la casa que ella gobernaba, les recordaba
el Oriente a sus huéspedes. Pero
si es cierto que había un elemento
de “familiaridad feudal”,
había también un sentido
de “disciplina feudal”.
La señora Cameron era extremadamente
franca.
Podía ser terriblemente despótica.
“Si llegas a caer en la tentación”,
le decía a una prima, “arrodíllate
y piensa en tu tía Julia”.
Era cáustica y cándida
de lengua. Perseguía a Tennyson
hasta su torre gritándole: “¡Cobarde!,
¡Cobarde!” y lo obligaba
a dejarse vacunar. Tenía oídos
y también sus amores, y su ánimo
oscilaba “entre el séptimo
cielo y un pozo sin fondo”. Había
visitantes que encontraban perturbadora
su compañía, tan extraños
y audaces eran sus métodos de
conversación, mientras que la
variedad y el brillo de la sociedad
que agrupaba en torno suyo ocasionó
que una “pobre señorita
Stephen” se lamentara: “¿Es
que no hay nadie común y corriente?”,
al ver a cuatro jóvenes de Jowett
bebiendo brandy con agua y escuchar
a Tennyson recitando Maud, mientras
que el señor Cameron, con un
sombrero en forma de cono, un velo y
varios abrigos, caminaba por el jardín
que su esposa, en un rapto de entusiasmo,
había creado durante al noche.
En 1865, cuando ella tenía cincuenta
años, su hijo le regaló
una cámara que ha sido por fin
salida a las energías que había
disipado en poemas y ficciones, arreglando
casas y elaborando curries y entreteniendo
a sus amigos. Ahora se volvió
fotógrafa. Toda su sensibilidad
se expresó - y lo que quizá
fue aún más conveniente,
se contuvo- en el arte recién
nacido.
La carbonera se convirtió en
cuarto oscuro, el corral en su casa
de vidrio. Los barqueros se transformaron
en el rey Arturo, las aldeanas en la
reina Ginebra.
Tennyson fue envuelto en harapos; Sir
Henry Taylor fue coronado con oropel.
La doncella posó para su retrato
mientras un huésped atendía
la puerta. “Trabajaba infructuosa,
pero no desesperanzadamente”,
escribió la señora Cameron
por esta época.
En verdad, era infatigable. “Solía
decir que en su fotografía había
que destruir cien negativos antes de
alcanzar un buen resultado, y su objetivo
era superar el realismo disminuyendo
al mínimo la precisión
del foco”. Como una tigresa cuando
de sus hijos se trataba, era extraordinariamente
flexible en relación a su arte.
Manchas pardas aparecían en sus
manos y el olor de los químicos
se mezclaba con el aroma de la zarza
dulce en el camino cercano a su casa.
Nada le importaban las miserias ni el
rango de sus modelos. Tanto el carpintero
como el príncipe coronado de
Prusia debían permanecer sentados
e inmóviles como piedras en las
actitudes que ella elegía, entre
los cortinajes dispuestos por ella,
y durante el tiempo que ella quisiera.
No tenía en nada a las dificultades
ni a los fracasos ni al agotamiento.
“Ansiaba capturar toda
la belleza que llegaba a mí,
y a la larga mi anhelo fue satisfecho”,
escribió. Los pintores alababan
su arte; los escritores se maravillaban
con el carácter que revelaban
sus retratos. Ella misma ardía
de satisfacción ante sus propias
creaciones. “Es una bendición
divina la que ha acompañado a
mi fotografía”, escribió,
“da placer a millones”.
Prodigaba sus fotos entre sus amigos
y familiares, lsa colgaba en las salas
de espera de las estaciones de ferrocarril
y las ofrecía, se dice, a los
maleteros a falta de cambio.
El viejo señor Cameron, mientras
tanto, se retiraba cada vez con mayor
frecuencia a la relativa privacidad
de su cuarto. A él no le gustaba
la vida social, pero la soportaba como
soportaba todos los caprichos de su
mujer, con filosofía y afecto.
“Julia está repartiendo
Ceilán”, decía,
cuando ella se embarcaba en otra aventura
o extravagancia.
Su hospitalidad y las pérdidas
en la cosecha de café (“Charles
me habla de la flor de la planta de
café. Yo le digo que los ojos
del primer nieto deben ser más
hermosos que todas las flores”,
decía ella) habían llevado
su economía a un estado precario.
Pero no eran sólo las ansiedades
propias de los negocios las que hacían
que el señor Cameron quisiera
visitar Ceilán.
El viejo filósofo se obsesionó
cada vez más con el deseo de
regresar a Oriente. Había paz,
había calor; estaban los monos
y los elefantes entre los que una vez
había vivido “como amigo
y hermano”. Súbitamente,
pues lo habían mantenido en secreto
entre sus amistades, los Cameron anunciaron
que irían a visitar a sus hijos
a Ceilán. Se hicieron los preparativos
y los amigos fueron a despedirse de
ellos a Southampton.
Dos ataúdes les precedieron a
bordo, llenos de cristal y porcelana,
por si no se conseguían ataúdes
en Oriente. El viejo filósofo,
con sus ojos fijos y brillantes y su
barba “bañada en la luz
de la luna”, sostenía en
una mano su báculo de marfil
y en la otra la rosa encarnada de Lady
Tennnyson le había regalado antes
de partir, mientras que la señora
Cameron, “grave y valiente”,
gritaba sus últimas indicaciones
y gobernaba no sólo innumerables
bultos sino también una vaca.
Llegaron sanos y salvos a Ceilán,
y en agradecimiento la señora
Cameron abrió una suscripción
para obsequiarle al capitán un
armonio. Había tantos árboles
en torno a su casa en Kalutara que los
conejos y las ardillas y los pájaros
minah entraban y salían, mientras
un hermoso ciervo domesticado hacía
guardia ante la puerta de entrada. Marianne
North, la viajera, los visitó
allí y encontró al viejo
señor Cameron en un estado de
perfecta felicidad, recitando poemas,
caminando de aquí a allá
por la veranda con su largo cabello
blanco derramándose sobre sus
hombros, y su báculo de marfil
en la mano. Adentro de la casa, la señora
Cameron tomaba fotos todavía.
Las paredes estaban cubiertas de cuadros
magníficos que se tambaleaban
sobre las mesas y las sillas y se mezclaban
en una confusión pintoresca con
libros y tapices. La señora Cameron
decidió de inmediato fotografiar
a su huésped y durante tres días
estuvo enfebrecida por la excitación.
“Me hizo permanecer de pies con
unas puntiagudas ramas de coco elevadas
sobre mi cabeza…y me dijo que
adoptara una apariencia absolutamente
natural”, observó la señorita
North. Los mismos métodos e ideales
que un día imperaron en Freshwater
imperaban en Ceilán.
Se conservó un jardinero, aunque
no había jardín y el hombre
jamás había oído
de la existencia de tal cosa, por la
sola razón de que la señora
Cameron pensaba que su espalda era “absolutamente
soberbia”. Y cuando la señorita
North, desprevenida, manifestó
su admiración por un hermoso
chal verde brizna que la señora
Cameron llevaba puesto, ella tomó
un par de tijeras, y diciendo: “Sí,
te sentará de maravilla”,
lo cortó por la mitad de extremo
a extremo instándola a que lo
compartieran.
Por fin, llegó el momento de
que la señorita North se fuera.
Pero la señora Cameron aún
no podía soportar que sus amigos
la abandonaran. Igual que en Putney
salía a acompañarlos revolviendo
el té mientras caminaba, también
en Kalutara ella y toda su comitiva
debieron escoltar a la invitada cuesta
abajo por la colina y esperar al cochero
a la medianoche. Dos años más
tarde (en 1879) murió. Los pájaros,
revoloteando, entraban y salían
por la puerta abierta; las fotografías
se agitaban sobre la mesa. Y, acostada
ante una gran ventana abierta, la señora
Cameron vio las estrellas brillar, murmuró
la sola palabra “Hermoso”,
y entonces murió. |
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Galería
de fotos de Cameron Julia Margaret |
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Julia
Jackson, 1867 |
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Venus
chiding cupid and removing his wings, 1872 |
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Annie
Philpott, 1864 |
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Mariana,
1875 |
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Paul
y Virginiz |
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Rachel
Gurney - I wait, 1872 |
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The
Shadow of the Cross, 1865 |
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