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Habíamos pasado parte del invierno y la primavera navegando por el litoral mediterráneo español y las Baleares. En primavera bajamos desde el Ebro hacia Marina Smir (Marruecos) y Gibraltar, luego remontamos el Guadiana hasta Mertola (Portugal), y desde Lagos (Portugal) intentamos llegar a la isla de Madeira. No obstante, a unas 100 millas del Cabo de San Vicente nos sorprendió un temporal fuerte con vientos de 100 km/hora y una molesta lluvia horizontal. Los rayos caían tan cerca que temíamos que alguno hiciera diana sobre nuestro mástil, de 9 metros. Por fin, después de 36 horas de continuos sustos, lográbamos regresar a la península, en concreto a Cádiz. Afortunadamente en la ciudad el ambiente era otro, en especial el del Real Club Náutico. Allí pasamos los primeros días de junio en el Internet-Café de Cádiz, navegando por las páginas de www.wetteronline.de/segel.htm, informándonos sobre las condiciones atmosféricas que nos encontraríamos en la travesía de Cádiz a Arrecife, que queríamos comenzar el jueves 10 de junio.
El pronóstico era favorable: vientos del NE y del NOE, de 5 a 15 nudos, en popa. Lo mejor para nuestro rumbo de 225º . Según nuestros cálculos, en tres días llegaríamos a Arrecife. Para la travesía habíamos estibado el equipaje en bolsas estancas y en bidones, almacenando la comida en latas y contábamos con reserva de agua para cinco días. Asimismo, nos equipamos con un GPS (Garmin 38), con unas pilas de reserva, dos linternas, un compás sin iluminación, un mapa de carreteras Michelín de Marruecos y Lanzarote con coordenadas, bengalas y niebla naranja y los estupendos chalecos salvavidas y trajes de Lalizas. Todo contribuía a nuestra seguridad, aunque algunos artículos hacía más de cuatro años que habían caducado. La bolsa salvavidas iba a ser el propio Trikala 19, el trimarán de la firma Brudimar que cambiamos por el catamarán con el que iniciamos nuestra aventura. Tras recorrer con él la mayor parte de las 5.000 millas que llevábamos, el Trikala 19 se convirtió, de hecho, en el mejor flotador, puesto a prueba en temporales al norte de Menorca y en el Cabo de Creus.Sin mayor dilación, ni avisar a familiares o amigos –para que pudieran pegar ojo-, partimos el jueves 10 de junio.
Inicios difíciles
Salimos de la bahía de Cádiz con el gennaker a las once de la mañana, acompañados de una fuerza 2-3 y sin olas. A la hora de comer dejó de soplar y pusimos en marcha el motor para avanzar algo más.Parecía que iba a ser un día tranquilo. Sin embargo, a medida que nos adentrábamos en la corriente del Estrecho, las olas fueron aumentando hasta alcanzar el metro de altura. Venían de todos los costados y algunas llegaban a barrer la cubierta del Trikala.A media tarde, todavía ayudado por los 2 CV del motor Honda, nos enfrentamos a un oleaje aún mayor, de hasta dos metros. La embarcación batía el mar; saltaba y caía una y otra vez. Mantener el rumbo se hacía más y más difícil. Mantenernos secos ya era imposible.Horas más tarde se levantó por Levante fuerza 4-5, mientras las olas zarandeaban al trimarán y la proa se hundía más y más. Para reducir la velocidad tomamos dos rizos, y aun así tuvimos que bajar la mayor y dejar sólo el foque. Ahora la navegación era más incómoda, pero también más segura a 4-6 nudos.La noche caía y el viento aumentaba. Hacia las diez nos hallábamos inmersos en una oscuridad absoluta y con fuerza 6-7 NE, a 60 millas de Cádiz y a 70 de las costas de Marruecos. Una hora después, las olas alcanzaban los 5 metros de altura y venían del NE y NOE. Lo peor era que su cresta de espuma, en ocasiones, medía un metro. Como mantener el rumbo era una tarea difícil, decidimos navegar con medio foque.

Preparados para lo peor
Durante la noche del jueves al viernes se mantuvo la fuerza del viento, y las olas, con más y más espuma blanca, rondaban ya los 6 metros. Para verlas venir teníamos la vista clavada en la popa, aunque lo único apreciable en la oscuridad eran las crestas. De hecho, raramente las vimos a tiempo. Navegábamos a palo seco. En esta situación recurrimos de nuevo al motor para frenar las embestidas del mar. Sobre las cinco de la mañana, y en menos de una hora, la arbolada giró dos veces el barco 180º, barriendo la cubierta. Estuvimos a punto de volcar en otras dos ocasiones y decidimos cambiar el rumbo: si al principio buscábamos aguas más tranquilas en alta mar, hacia el Oeste, ahora nos dirigiríamos hacia las costas de Marruecos, al Este. Pensamos que en caso de vuelco la corriente nos llevaría con seguridad unas 600 millas más lejos de las Islas Canarias. En la otra dirección corríamos el peligro de dejar las Islas Canarias al Oeste. Con este pensamiento preparamos un bidón con agua y alimentos, el GPS, cartas, los papeles del barco, el pasaporte, etc., -por si acaso-. A este bidón fijamos los cabos de nuestras defensas para aumentar la flotación. Desde las tres del mediodía del jueves nos encontrábamos completamente calados, y no notamos el frío debido a una preocupación más inmediata: mantenernos a flote. Cuando ya había amanecido, sobre las ocho de la mañana, un golpe de mar giró la embarcación unos 180º; instantes después, otro acabó de colocar al Trikala en una posición paralela a la dirección del oleaje. Sólo el salto de Kathrin al trampolín evitó el vuelco. El viento y el mar amainaron, finalmente, antes del mediodía. Habían sido 15 horas de horror. Esta nueva tranquilidad nos permitió dormir en turnos de 30 minutos, mientras navegábamos sólo con el foque a fuerza 2. Estábamos en la posición N 34´ 44´ 602´; OE 07´33´380´ a las dos de la tarde y el viento, de momento, había cesado: de nuevo recurríamos al motor. Más tarde volvió a soplar con fuerza 1-2, y para navegar, con una fuerte marejada, usamos únicamente el gennaker. Era el momento de tender la ropa, que no se secaría hasta el atardecer, cuando soplaba una ligera brisa del norte.La oscuridad de la noche se hizo total a causa de las nubes y el viento continuaba en fuerza 2 NOE. Era muy húmedo y la poco ya volvíamos a estar empapados. Por si fuera poco perdíamos el rumbo a menudo, pues teníamos que iluminar constantemente el compás con la linterna.

Un poco de paz
Persistía el mismo tiempo y teníamos frío. Tanto que era difícil dormir una hora seguida. Más cuando a las dos de la madrugada había muchos pesqueros en nuestro entorno.Nuestra posición había bajado a las cinco a N 33´ 55´ 924´, OE´ 08´ 04´ 071´ y el viento subía hasta fuerza 3, ahora dirección N-NOE. Llevábamos 206 millas, faltaban 470.Por la mañana observamos tres tiburones pequeños. No parecían muy interesados en desayudarnos, tampoco al Trikala. El poco aire que soplaba nos obligó a navegar otra vez a motor, a una velocidad de 2 nudos para ahorrar gasolina. Las reservas de combustible eran para 12 horas.Nos acercamos a la costa de Marruecos, a El Jadija; sin embargo, ceñimos 30º y nos alejamos. Era mejor esquivar el riesgo de encontrarnos con una patrullera del país. A las cinco de la tarde cambiamos el rumbo a 240º, ya no veríamos más la costa hasta las Canarias. Volvimos a tender de nuevo la ropa. Tres horas después se levantó el aire, con fuerza 3-4 y viento de NE. Navegábamos a 8-9 nudos. En ocasiones planeábamos entre la marejada.Las rachas cesaron sobre las once y pusimos en marcha el motor; aunque fuese poco a poco, nos acercábamos a nuestra meta.
Lo que faltaba, problemas con el velamen
Aquella madrugada atravesamos una zona con mucho plancton. A veces veíamos manchas fosforescentes muy cerca del Trikala, y algunas llegaban a los diez metros de diámetro. Podrían haberse debido a los peces, pero no sabíamos de qué clase, y Kathrin comenzaba a sentir un cierto temor hasta que al final descubrimos que no se trataba de un gran animal marino. Eran pequeños peces que huían de nuestro barco. Las previsiones meteorológicas de Cádiz se cumplían parcialmente: a las ocho de la mañana se levantó un viento de fuerza tres por popa y no podíamos, incluso, ni usar nuestro gennacker asimétrico.
El sol de aquella mañana nos permitió dormir mejor, una hora cada uno. Luego comimos sin tener hambre, porque la comida estaba preparada por días y estábamos francamente cansados. A las dos había rolado, ahora soplaba desde el NOE y nos encontrábamos en la posición N´32 06´ 302´; OE´ 10´ 08´ 535´. Podíamos volver a navegar con el gennaker. Y a las cinco de la tarde el viento llegó a fuerza 4, con oleaje de fuerte marejada. Se navegaba relativamente bien, pero el cabo del gennaker se nos rompió, y para cogerlo nos las vimos y deseamos. Fue una lástima, pues navegábamos a 12 nudos.Los problemas con el velamen, a medida que se acercaba la puesta de sol, fueron de otro cariz. Entonces soplaba con fuerza 6 y nos vimos obligados a tomar dos rizos, luego todavía bajamos la mayor –en estas condiciones, y de noche, preferimos la seguridad. El mar volvía a estar agitado y la navegación se hizo incómoda. Ahora soplaba del O y del N, y a ratos del NE.
Sin novedad
Por el cambio de las olas y la oscuridad, perdimos el rumbo a menudo, navegamos entre 180º, 210º, 240º, 270º. Cuanto más al sur bajamos más larga se hacía la noche, que duraba una hora más que en aguas de Cádiz. El viento a las cinco de la mañana se redujo a 3-4 nudos y pudimos subir un poco la mayor, pero el oleaje volvía a molestar.Atrás quedaba una noche mojada, fría y sin dormir. Nuestra situación de entonces –ocho de la mañana- era: N ´30´ 59´ 375´; OE 11´ 34´ 099´. Llevábamos una velocidad de 8-9 nudos. Hacía 96 horas de nuestra partida, cuatro días de travesía. Soplaba de nuevo, fuerza 3-4 y fuerte marejada. A las dos del mediodía bajábamos las olas a 14-15 nudos. Por la tarde tuvimos que tomar un rizo y luego otro a causa del viento, que venía con rachas de 4-5 nudos. Faltaban 122 millas para llegar y tendríamos que pasar otra noche a bordo antes de arribar a Lanzarote. Decidimos, por tanto, equiparnos en espera de que llegara el frío y la oscuridad. Con una visibilidad nula tuvimos que utilizar la linterna a medianoche; pero la luz acababa por cansar y prestábamos nenos atención al compás. Al final descubrimos que habíamos navegado a un rumbo de 180º y no de 227º (¡en fin, cosas que pasan!).

Se acabaron los caprichos
Nuestra última noche en alta mar no fue menos agitada que lasa anteriores: fuerza 5 y mar gruesa. Lo primero que hicimos fue recoger la mayor porque no queríamos ir tan rápido en medio de la negra noche y con un rumbo, posiblemente equivocado. Al poco rato comprobamos que podía ser peor: nos quedamos sin tabaco y, por si fuera poco, un golpe de mar se llevó de cubierta la última botella de agua a las cinco de la madrugada. No amainó hasta las ocho, cuando decidimos volver a izar la mayor y aprovechar un viento de fuerza 3. En el último día de travesía nuestra vista estaba tan agotada que nos costó fijar el rumbo, además la visibilidad, a falta de 45,7 millas, era escasa. Las nubes impedían ver isla alguna entre olas de dos a cuatro metros y fuerza 2-4. La duda se comenzó a apoderar de nosotros a media mañana. En teoría faltaban sólo 27,4 millas, pero todavía no veíamos nada: “¿No nos habremos equivocado con las coordenadas?”, pensábamos. Y por fin, pasadas las tres, vimos la isla Roque del Este.Durante dos horas navegamos al lado de otras islas de Lanzarote. Y a las 17:34 h del martes 16 de junio entrábamos en el Puerto de Arrecife. La travesía había durado 5 días, 6 horas y 34 minutos; dos jornadas más de lo previsto. Amarramos el barco en el antiguo pantalán de puerto, que todavía sigue sin duchas ni servicios. Pero todo nos daba igual: estábamos en las Islas Canarias con su “hora menos”. Nos merecíamos un descanso y nos lo íbamos a tomar.
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